Sábado, 16 de diciembre de 2017

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20/06/2014

LA DICTADURA QUE NO PASÓ

"Lo esencial de la memoria es que el olvido es una injusticia sobre la que está edificado nuestro presente" .
"La Memoria es uno de los pocos recursos que tenemos para defendernos de la historia, que siempre la escriben los vencedores"

Dr. Manuel Ortiz Heras. Universidad de Castilla La Mancha.

 

“Lo esencial de la memoria es que el olvido es una injusticia sobre la que está edificado nuestro presente”[1].

“La Memoria es uno de los pocos recursos que tenemos para defendernos de la historia, que siempre la escriben los vencedores”[2]

 

Transcurridos más de treinta años de la muerte del dictador hemos contemplado con satisfacción el abundante caudal de publicaciones que se han dado a conocer en los últimos meses. La fecha invita al balance y a la reflexión[3]. Como en tantas ocasiones, podemos decir que hay para todos los gustos y presentar la botella medio llena o medio vacía. Lo que no parece resistir la crítica es la contundente afirmación de que la historiografía española al respecto goza de una razonable buena salud después de años de dedicación intensiva. Es decir, cada vez son menos los temas por tratar y amplio el consenso que en general se practica sobre los éxitos y fracasos de aquel periodo de la historia reciente española. Este estado de cosas tiene mucho que ver con las aportaciones ofrecidas por la nueva historia social para restituir la memoria y el papel histórico de los derrotados anónimos, de la gente común[4], con especial mención a las fuentes orales y los escritos de muchos personajes anónimos que “aportan otra mirada al devenir histórico”.

                La palabra olvido se ha utilizado mucho para caracterizar el proceso político de la transición de la dictadura a la democracia. Como resultado de aquellos hechos la memoria social se ha formado sobre un deseo de olvido para superar un pasado traumático y favorecer la convivencia con un consejo político que permitiera la mejor de las democracias posibles. Olvido de un pasado que un pacto de transición-reconciliación habría terminado por generar mucho descontento e insatisfacción. Conviene recordar, no obstante, que este fenómeno no afectó, para nada, a los historiadores, poco propensos a ese ejercicio de desmemoria. Ahora bien, con la irrupción de una nueva generación de españoles y en un contexto político diferente surgieron de nuevo las viejas y necesarias reivindicaciones. Es así como se ha planteado la condena político-parlamentaria del origen político de la dictadura franquista y también las campañas para exhumar enterrados en fosas comunes. Y todo ello sin que las políticas de la memoria se hubieran propuesto reconstruir el pasado desde la verdad, ocultando especialmente el período de la dictadura franquista, y generando unos mitos acerca de una nueva identidad nacional e la que se destacaban los valores de reconciliación, europeización y modernización. Como ya se ha señalado “no sólo no hubo justicia retroactiva alguna, sino que a eso se sumó la inexistencia de reconocimiento oficial, homenaje o, en buena medida, aprendizaje colectivo de la experiencia traumática de la guerra civil, instrumentada interesadamente para azuzar los miedos de la población al resurgimiento de un conflicto entre españoles”[5].

                Sin embargo, todavía da la impresión que ese satisfactorio grado de conocimiento científico que tenemos no ha calado en la memoria colectiva de una sociedad que se sigue dejando llevar por los tópicos y las versiones impuestas por la hagiografía franquista que consiguió imponer una visión del dictador que ha llegado mucho más lejos que su propia existencia. Se podría decir, incluso, que ese recuerdo selectivo de unos y otros han configurado diferentes memorias colectivas del pasado reciente. Precisamente, una de las últimas publicaciones aparecidas ofrece la imagen de Franco con un gran conspirador, un personaje que hizo especial gala del gusto por la ficción misteriosa: “si la política fuese mera propaganda, Franco sería uno de los mayores genios de la historia”[6]. El caso es que, siguiendo a este autor, podemos sostener la hipótesis de que el extraordinario rendimiento que fue capaz de sacar a sus propias teorías conspirativas llegó tan lejos que tres décadas después de fallecido todavía algunos de aquellos mitos siguen teniendo, al parecer, una notable vigencia. Por supuesto, a ello ha contribuido sobremanera la derecha política no democrática española que ha seguido manteniendo ciertas teorías como irrefutables. Antes, claro está, la política de guerra, ejecutada a través de una intensa represión, que tenía en la permanente representación y evocación de la victoria como genuina arma de movilización y la posterior teoría del desarrollo económico de los años sesenta, habrían conseguido lo suyo.

                Teniendo en cuenta que aquí no hubo, como en Alemania, “guerra de historiadores”[7], la pregunta por tanto que nos tenemos que hacer consiste en saber por qué no existe correspondencia entre el saber científico y el saber social descartada, por descontado, las hipótesis de una militancia izquierdista entre los historiadores universitarios del periodo que hubieran podido llevarnos a este sitio común. Si la política franquista de la memoria fue un acto de autoafirmación y legitimación no desaprovechemos ahora la oportunidad de construir o mantener, en su caso, los lugares de la memoria, ya que estamos viendo como desde algunas filas se apuesta por los no lugares de la memoria o lugares del olvido, y cómo la propaganda sustituye, en ocasiones, de nuevo al análisis histórico.

                En algunas publicaciones también hemos podido leer que “ante la Historia, Franco y el franquismo son ya un cadáver político” o que Franco “por lo que respecta al estado de la cuestión desde una perspectiva científica, historiográfica… no fue sino un falso caudillo caído en el olvido”[8]. Como ya hemos explicado en otra ocasión, no dudamos de tal estado de cosas en nuestra disciplina pero, a juzgar por algunas encuestas publicadas, todavía no pocos españoles (un 10,4%) consideran aquel periodo como positivo para España o como una etapa que tuvo cosas buenas y cosas malas (46,4%). Este lamentable estado de cosas, obedece, desde mi punto de vista, a varias posibles razones. Una sería el escaso conocimiento real de aquel período por muchas generaciones que no lo conocieron por cuestiones puramente biológicas o apenas tuvieron contacto con él. A ello habría contribuido el hecho de que la historia reciente de España apenas haya formado parte de los programas académicos de muchos. Además, es lógico recordar las dificultades para caracterizar de manera exhaustiva y definitiva aquel régimen entre  las cuales podemos destacar el difícil contexto que supuso su nacimiento, la heterogeneidad de las fuerzas involucradas en aquella coalición de sangre, su larga duración o su capacidad para adaptarse al complicado contexto internacional[9].

                Sólo en los últimos años hemos visto con enorme satisfacción el crecimiento de una importante demanda de conocimiento histórico. Monografías, revistas, encuentros, medio de comunicación, además de películas o series de televisión han acudido en su auxilio. La incorporación a la sociedad civil de nuevas generaciones ya muy alejadas de la guerra y de su recuerdo también ha venido a reclamar una mayor atención por este tipo de cuestiones, por no hablar de las últimas corrientes que han revisado la transición política con enfoques más críticos que los elaborados en un primer momento.

                A este importante revival de historiografía sobre el franquismo ha coadyuvado la extraordinaria aportación de las asociaciones por la recuperación de la memoria histórica, a la que, por cierto, ha respondido con un gran éxito editorial y de público un “sedicente revisionismo”[10]. Esta actuación y el hecho en sí de querer saber más sobre este periodo se ha visto avivado con la llegada del Partido Popular al gobierno de la nación y su reiterada negativa a asumir el reconocimiento de las responsabilidades morales del pasado reciente y ha tenido continuación con el actual gobierno porque así lo había manifestado incluso en su programa de gobierno[11].

                Siempre ha habido y es bueno que exista la intención de crear una memoria pública siempre y cuando lo entendamos como la voluntad o el deseo de ciertos colectivos y por ende del poder político para seleccionar y organizar representaciones del pasado para que sean asumidas y compartidas por la sociedad civil como propias. Pero eso exige una correcta gestión de la memoria que requiere también un amplio consenso, hasta ahora desde luego no conseguido sobre el tema en cuestión. Si nos hacemos eco de algunos trabajos publicados recientemente, incluso entre la amplia mayoría de investigadores e intelectuales que compartimos la profunda descalificación del régimen, daría la impresión que no hemos superado la fase de la militancia calificada desde algunas tribunas como neoantifranquismo. Creo que es perfectamente compatible el rigor científico con la lealtad política a los vencidos y derrotados sin que esto tengo que verse como “nostalgia de las viejas banderas de la izquierda” y sin que corra peligro “el decoro historiográfico” o “la integridad interpretativa”. Desde luego, es fundamental dar respuesta rápida y documentada a las medias verdades, los bulos y las insidias, sobre todo cuando éstas vienen avaladas por una importante propaganda mediática[12]. No debe convertirse este objetivo en obsesión por que el historiador debe, como de hecho hace, atender también al funcionamiento de los distintos poderes que se constituyeron, dentro de lo cual cada vez es más importante profundizar en las actitudes sociales que se dieron. El tema del consenso, también importante entre los españoles, y los colaboradores que existieron en todas las regiones o nacionalidades del país. Es mucho todavía lo que queda por hacer. Mas, como apunta Encarna Nicolás en una excelente síntesis “el historiador del tiempo presente sabe que su papel no se limita a observar los hechos, pues él contribuye a construirlos”. El franquismo y la transición no son objetos fríos. No hay neutralidad posible ante una dictadura que arrojó al exilio a centenares de miles de personas que no tenían “las manos manchadas de sangre… no hay lugar para una imparcialidad aséptica ante hechos de una inmoralidad tan injustificable”[13].



[1] Reyes Mate, “¿Recordar para mejor olvidar?”, El País, 27-9-2003.

[2] Josep Ramoneda, “Memoria, amnesia, perdón” El País, 7-11-1997.

[3] Así lo expresaba, Manuel Ortiz Heras, Memoria e Historia del franquismo. V Encuentro de Investigadores del Franquismo, Cuenca, UCLM, 2005.

[4] Así lo señalan también Antonio Castillo Gómez y Feliciano Montero García, Prólogo de Franquismo y memoria popular. Escrituras, voces y representaciones, Madrid, Siete Mares, 2003. “La historia social “desde abajo”, la historia popular, la historia de los movimientos sociales (no sólo del Movimiento Obrero), la historia de la mujer (luego de “género”) y la nueva historia de los pobres y marginados, entre otras, están desempeñando un papel decisivo en esa reparación de la memoria de los vencidos, represaliados, depurados y exiliados, de la guerra y de la dictadura franquista”. P 10.

[5] Francisco Sevillano Calero, “La construcción de la memoria y el olvido en la España democrática”, en Ayer, 52 (2003), p. 299.

[6]  José Luís Rodríguez Jiménez, Franco. Historia de un conspirador, Madrid, Oberón, 2005.

[7] Julián Casanova, “Mentiras convincentes”, en El País, 14-6-2005. El autor lo explica porque “las responsabilidades colectivas eran menores y menos internacionales, y la renovación historiográfica, con sus luces y sombras, conllevó el abandono casi unánime de las ideas que sustentaron el edificio propagandístico de la dictadura de Franco”. Con respecto al éxito revisionista apunta el autor: “Lo que prueba ese éxito es que quedan todavía en España muchas personas agradecidas a Franco y a su dictadura, por su posición social, por sus creencias religiosas o compromisos ideológicos, por sus vínculos familiares con las víctimas de la violencia revolucionaria, que obtuvieron enormes beneficios, materiales y espirituales, de ese largo dominio y que, por supuesto, nunca sufrieron persecución alguna”.

[8] Alberto Reig Tapia, Franco: El César superlativo, Madrid, Tecnos, 2005.

[9] Giuliana di Febo y Santos Julia, El Franquismo, Madrid, Paidós, 2005. Uno de los tópicos que es desmentido en este trabajo, por ejemplo, es el de las supuestas tendencias “liberalizadoras” que se habrían dado en el régimen a partir de la segunda mitad de los años sesenta. También conviene recordar el papel de la Iglesia católica proporcionando a la dictadura la bendición para que apareciera más presentable a los ojos de Occidente. Sería el propio Enrique Pla y Daniel, arzobispo de Toledo y primado de España, quién construyera la tesis según la cual la guerra europea y mundial no tenía que ver con la Guerra Civil española, “verdadera cruzada por Dios y por España”.

[10] Una vuelta al discurso oficial franquista apoyada en “una voluntad amorfa e inconsciente de poner coto a las demandas del llamado movimiento de recuperación de la “Memoria Histórica” de los represaliados por el franquismo”. Enrique Moradiellos, “Uso y abuso de la historia: La Guerra Civil”, en El País, 31-10-2005.

[11] Carmen Molinero ha llegado a decir que ciertas franjas de la sociedad española percibían al Partido Popular “como heredero del franquismo y, por tanto, de los vencedores que tanto hicieron sufrir a los que todavía no habían obtenido reconocimiento por su compromiso con la democracia”. “Memoria de la represión y olvido del franquismo”, en Pasajes de pensamiento contemporáneo, nº 11 (primavera 2003), p. 28.

[12] Jordi Gracia, “Gallos de pelea”, en El País, 17-12-2005.

[13] Encarna Nicolás Marín, La libertad encadenada. España en la dictadura franquista 1939-1975. Madrid, Alianza Editorial, 2005, pp. 415-416.

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